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El acta de mi nombramiento
Cuando encontré a mi tío S.A. Hans Gottlieb, a comienzos de 2007, tengo que admitir que me quedé sorprendido e incrédulo. Este, quien era primo de mi mamá, la Princesa Francesca Gottlieb (fallecida en 1990), me confió que yo era el 41º Gran Maestro del Soberano Orden de los Caballeros de Antarcticland (parte secreta de los Caballeros de Malta del Gran Priorato Ruso de San Petersburgo, ya conocidos como los Caballeros de Hielo), sucesor del Gran Maestro, Almirante Fabian Gottlieb Thaddeus von Bellingshausen, nuestro antepasado que había recibido estas tierras y el comando de los Caballeros directamente del zar Alejandro I. Consecuentemente, cual Gran Maestro, se había convertido en Regente de las Tierras de Hielo (hoy Antarcticland) a su vez, por derecho, nombrado por S.A. Vater F. Gottlieb en el 1944. Sir Hans quien tenía la cara desfigurada por un tumor terminal me transmitió en este encuentro los secretos del Soberano Orden de los Caballeros de Antarcticland y me nombró, abdicando a mi favor, 42º Gran Maestro y Regente del Estado de Hielo, también para poder defender la integridad territorial y para reformar el Soberano Orden, dado los tiempos. Al comienzo quedé sorprendido e incrédulo. En efecto, mis recuerdos me llevaron a los cuentos de mi madre cuando todavía niño ella me narraba las historias de intrépidos caballeros que habían salvado a los zares rusos de las emboscadas de sus enemigos, de un antepasado que había descubierto tierras nuevas, de mi bisabuelo que viajaba mucho por barco con la tarea de proteger las tierras Australis, el Estado de Hielo. En esa ocasión, S.A. Hans Gottlieb me confió que todo el continente Antártico era la posesión donada por Alejandro I; pero que, a causa de las ocupaciones del Antártico por parte de muchos gobiernos, nuestro territorio se había restringido a las tierras y a las islas que se extienden desde el Polo Sur, a 60ºS de latitud e incluidas entre las longitudes 90ºW y 135W, con un área total de 1,554,424 Km2, un poco menos del territorio ocupado por Portugal, España, Francia, Italia y Suiza juntas. Me hizo además notar que también este territorio estaba en peligro y necesitaba una intervención adecuada con los tiempos actuales, cosa que él, a causa de una larga enfermedad, no había podido cumplir. De otra manera si el Soberano Orden hubiese quedado vinculado al secreto, todo se hubiera perdido. Le pregunté el porqué no se había activado para solicitar los derechos Jus Gentium sobre el territorio nacional; sin embargo, su respuesta fue significativa: “el juramento me obligaba al secreto. Los tiempos habían cambiado, pero todos los Caballeros habían jurado, así que, de acuerdo con las reglas éticas de la caballería, el secreto no se podía romper”. La empresa era absurda: reedificar el Estado y el Soberano Orden me parecía imposible y al comienzo rehusé tal nombramiento. Fue solo después de un tiempo que acepté, cuando Sir Hans me imploró seguir con la obra de la casa porque él se estaba muriendo a causa de un tumor incurable en la cara que lo había desfigurado. No sé si fue por compasión frente a ese viejo moribundo o por mi espíritu indomable frente a las adversidades de la vida, pero acepté este delicadísimo encargo, aunque le solicité, expresamente, la condición de poder ser exonerado del juramento de secreto impuesto por el Zar en el 1807, solicitado también en el 1821 por Sir Fabian Gottlieb y vigente hasta nuestros días. Sir Hans, aunque no estuvo muy de acuerdo, aceptó mi solicitud y con felicidad subscribió mi acta de nombramiento diciéndome: “Hoy nace nuevamente el Estado de Hielo y resurgen de la cenizas los restos de los Caballeros Cristianos, larga vida a los Caballeros de Hielo y al Gran Maestro del Soberano Orden de los Caballeros de Hielo”. Desde ese día no lo vi nunca más, ni tuve noticias de él. Desapareció en la nada, como había hecho siempre durante las décadas en las que vivió en varios lugares por todo el mundo; no obstante, quizás en esta ocasión, sabía que tenía que partir para su último viaje. Empecé así a poner por escrito lo que me había sido transmitido, como la redacción de la Carta Magna (Constitución), actualicé el nombre de los Caballeros de Hielo por Caballeros de Antarcticland y empecé a reconstruir el Estado de Antarcticland que hoy es una realidad.
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